Ayer murió la última de mis abuelas. La quería mucho y era una de las personas que más admiraba. Era una persona afable, amable, respetuosa y cariñosa. Cuidó a una decena de hijos y a un montón de nietos, a la vez que trabajaba para complementar el sueldo de mi abuelo, en los momentos más difíciles de la postguerra (civil española). Me quería muchísimo y yo le correspondía lo mejor que podía. Se conformaba con una pequeña visita y un par de abrazos y besos.

Este es mi modesto tributo a esa maravillosa persona. Es un poco triste y frío, lo sé, pero tampoco estoy de acuerdo con los ritos habituales regidos por la iglesia católica: funerales y entierros en cementerios; que, por otra parte, son las prácticas con las que ella comulgaba. Estas palabras de recuerdo solo son eso, un montón de letras que ella nunca va a escuchar, pero supongo que me servirá a mí para recordar esta sensación de incomodidad que tengo en este momento.

Comento que siento incomodidad, no hablo de dolor, sufrimiento u otras sensaciones negativas. No incomodidad por no haber estado con ella en su lecho de muerte, ni por no haberle dicho todo lo que ella quería oir, simplemente es una mezcla de sentimientos que considero que equilibran la balanza: siento un gran pesar por su pérdida pero a su vez considero que, aunque no creo en una vida después de la muerte, sé de seguro que está mejor en el estado en que está ahora que en el que podría haber acabado. Sufrió una agonía relativamente corta, pasó esa agonía bajo un estado de sedación y se acabó. Se acabó una vida llena de luz, colores, alegría y... lucidez!!! Pero todo terminó de forma correcta, sin muchos sufrimientos y con un buen sabor de boca.

Todos la recordamos como una señora nonagenaria simpática, dicharachera, alegre y llena de historias dignas de ser escuchadas, con una gran carga de sentimientos y sinceridad, sobre todo sinceridad.

Me quería... La quería.